Juegos con burro

Juegos con burro


La pídola

La pídola conocida en otros lugares como «piola», es uno de los juegos tradicionales de calle más antiguos, siendo recordado con cariño por prácticamente la mayoría de la gente.

Lo primero que hay que realizar para poner en marcha el juego, es la elección del burro.

Han sido varios los métodos empleados para ello, ahora bien, los más recordados son, por un lado, una competición de salto hacia adelante a partir de una línea marcada en el suelo, quedándose el que menos haya saltado. Las líneas se hacían, generalmente, con un palo o una piedra cuando no estaban asfaltadas las calles y después con una tiza. A continuación, se trazaba una raya donde se coloca el que se queda, que permanecerá agachado. En este juego pueden participar un número ilimitado de niños, lo que hacía muy socorrido su concurso.

La madre es la que indicará los movimientos que deban realizar los demás jugadores, quienes irán saltando sobre el que se queda, apoyando las dos manos en su espalda. Si todos los participantes lo saltan, el burro se distanciaba un paso más de la raya y volvían a repetir el salto, que se ejecutaba siempre desde la misma. Si todos ellos lo vuelven a saltar, se adelanta otro paso y así hasta que alguno pierda, pasando a ponerse de burro. En el juego había que tener en cuenta si algún participante pisaba la línea, la sobrepasaba o si se llevaba por delante al burro, ocupando su lugar si incurría en alguno de estos casos.


El burro

Juego muy popular entre los chavales, que en otros tiempos se divertían en las calles de los barrios y los patios de los colegios, y que en la actualidad, los niños de nuestros pueblos ignoran por completo.

Se trata de un juego en el que se elegían dos grupos de niños, compuestos por tres o más participantes por bando. En ocasiones, aunque esto sucedía más antiguamente, se elegía a otro chaval como madre del juego, cuya función principal sería doble: por un lado, servía de sujeción para mantener la estabilidad del grupo que hacen de burro, y, por otro, para evitar que se incumplieran las reglas del juego (de este modo los «tranfulleros» quedaban a buen recaudo).

Una vez elegidos los grupos, se echaban a suertes por uno de los métodos tradicionales, cuál iba a ser la posición de cada grupo en el juego.

El desarrollo de éste era del siguiente modo: un equipo formaba de burro (agachados, cogidos por la cintura) quedando el primer miembro de la cadena agarrado a una reja de una ventana cualquiera o bien sujeto a la madre. El otro equipo saltaba sobre ellos, con el fin de permanecer el mayor tiempo posible sobre el burro para no ceder su situación de privilegio, que perdería en el momento de caer o pisar al suelo cualquier miembro del equipo.

Una vez preparados todos los requisitos, se iniciaban los saltos, no a tontas ni a locas, sino con una estrategia ya definida. Se procuraba que el jugador más ágil saltara en primera posición, avanzando con ello lo máximo posible y, por lo tanto, dejando más espacio para los saltos de sus compañeros. También era muy útil tener un gordo en el equipo, ya que al saltar dejaba «jodio» al infeliz que debía soportarle.

Todos los saltadores intentaban caer con la mayor violencia posible sobre la borricada, puesto que mermaban las fuerzas de sus componentes.

Contra todo ello, la borricada también preparaba sus planes. Los jugadores más fuertes se situaban al final de la misma, ya que era la parte donde se amontonaría la mayor cantidad de chavales y así poder resistir durante más tiempo.

Otras anécdotas que solían suceder en el transcurso del juego, eran ver cómo aguantaban los chicos en el reducido espacio de las borricadas (los dos últimos sobre todo), surgiendo muchas veces la picaresca, como era el moverse para que los que estaban montados, perdiesen el equilibrio y cayeran al suelo, o bien, asustar al último de la fila de la borricada, que, de estar aguantando al límite de sus fuerzas y al ver cómo se le venía encima otro saltador, conocido por su gran «tonelaje», se decía: «ostras Pedrín, que viene fulano» y al oír jocosamente tal nombre se derrengaba.

Las reglas del juego venían delimitadas ya de antemano. Así, si caía al suelo alguno de los borricos ola cadena de éstos se partía, volvía a tener que agacharse en otro turno, este mismo grupo.Por el contrario, si los que montaban eran los que caían, tenían que pasar a hacer ellos de burro.


Churro, mediamanga, mangaentera

La variedades de juego con burro introdujeron en algunos de ellos el factor suerte, dando lugar a esta modalidad denominada «churro, mediamanga, mangaentera». Se formaban dos equipos, compuestos por varios jugadores (generalmente tres o cuatro era el número idóneo) y se echaban a suertes a ver a qué equipo le tocaba hacer de burro.

Acto seguido, cada uno de los miembros del otro equipo saltan encima de los que hacen de borrico y en esta situación (cada uno encima de un «potro»), uno de los de arriba, señalaban una parte de su brazo diciendo: «Churro (mano), mediamanga (codo), mangaentera (hombro)».Si la respuesta del que sostenía al que habló era acertada, se cambiaban las tornas y el equipo que estaba arriba le toca hacer de caballo. Muy parecido a este juego existía otra variante más cercana en el tiempo, en la cual el portavoz del equipo que estaba arriba, tapándole los ojos al que hacía de borrico, alzaba la mano derecha señalando un número determinado de dedos. Si el jugador de abajo acertaba el número, tenía lugar el cambio de posición. Ahora bien, si no acertaba, continuaba otro jugador realizando idéntica operación hasta que alguien adivinara el número de dedos. En estos juegos, realizados muchos de ellos al sol, la picardía jugaba un papel esencial, pudiendo observar cómo los compañeros que estaban abajo, con la sombra que hacían, le mostraban los dedos bajo las piernas al jugador que le tocaba adivinar.


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