La locura de Don Quijote

La locura de Don Quijote

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En un lugar del Universo vive un hidalgo. Como todos los hidalgos, hace una vida aburrida y mediocre: conversa con el Cura y el Barbero del lugar; ciertos días de la semana come platos escogidos, cuida de su hacienda, tiene consigo un ama de hasta cuarenta años, de la que puede decirse que lo mismo vale para un fregado que para un etcétera, etcétera; también una sobrina, que nadie sabe si está en su casa por huérfana o porque su señor tío es muy cariñoso con la familia. No falta el “mozo del campo y plaza”, una especie de doméstica enciclopedia que con igual desenvoltura ensilla el rocín y ejecuta otros menesteres.

Pero he aquí que un día este hidalgo se da a la lectura con un ahínco asombroso. Sus libros predilectos tratan materias que reputan por peligrosas algunos graves varones, cuya normalidad consiste en hacer la vida mediocre y absurda de que ya va cansado nuestro hidalgo. Ha conseguido reunir una biblioteca numerosa, donde sólo se encuentran los libros que tratan de las especulaciones y disciplinas que provocaron su entusiasmo. Se abisma en la lectura de estos libros horas y horas, días y días, semanas y semanas, sin cansancio, viendo con melancólica tristeza los atardeceres que le privan de la luz necesaria para seguir gustando las delicias de sus libros. Más de una vez, recordando el suceso bíblico, lanzó al sol declinante una mirada, que es como un ruego, casi casi un mandato enérgico, para que detenga su marcha y le deje leer unas horas más. Pero nuestro ex hidalgo es hombre culto y sabe que el sol no puede detenerse en su carrera porque ésta no existe. Sabe que es la tierra la que, al girar sobre su eje, trae los funestos atardeceres, y por eso es la Tierra, toda ella, a la que mira entonces con una desolación quizá algo mística. Cierra sus libros y pasea por el campo, donde las reflexiones acuden a él en gran número haciendo que se dilate cada vez más al horizonte que circundaba su visión antigua.

Regresa ya bien entrada la noche y prosigue sus interrumpidas lecturas. Tanto interés le despiertan que no se acuerda de comer, menos de dormir y menos aún de que la compra de sus preciosos libros va a originar la ruina de su hacienda. Lee, lee y no hace otra cosa que leer, sino es reflexionar sobre sus lecturas. Ya no encuentra gusto en el ejercicio de la caza ni en otras cosas que antes, cuando era hidalgo, le producían solaz y diversión.

Vende “muchas hanegas de sembradura” para procurarse más y más libros, porque es incansable y voraz en sus lecturas y agota en pocos días los ya adquiridos.

Y a tanto leer y tan poco dormir, unos dicen que se volvió loco; otros se empeñan en sostener, sin embargo, que no se volvió loco sino que las lecturas hicieron el milagro de anular la propia mediocridad para dejar libre paso a una nueva formación, cristalizada al amparo de su carne, pero predominando lo más genuino y saliente de la grande novísima figura. Es la metamorfosis de Alonso Quijano que se anula para abrir camino dentro de sí a la fluida espiritualidad de don Quijote.

Por tanto, eso de que Alonso Quijano se volvió loco es una necedad. A la fuerza tiene que ser llamado loco quien pretende hacer alguna cosa grande, quien sea capaz de hacer que se contemple su originalidad.

Aquí nos encontramos con una “cosa” extraña a nosotros, y en presencia de sus hechos, puras monstruosidades en nuestro ambiente, la palabra locura, deformidad-mental, acudirá a los labios por la enorme pobreza del léxico, parejo, claro es, a la marcha de las ideas nuestras. En ningún idioma existe vocablo que pueda precisar bien las características del nuevo ser que encarnó en Alonso Quijano. Esta es, pues, la única explicación de que hasta los doctos califiquen de loco a don Quijote.

Y por eso creo, aunque a la palabra locura se le da en el mundo un significado que la hace muy poco deseable, los que sostienen que don Quijote no se volvió loco, están conformes en que se le llame así, pero con la advertencia de que es loco porque nos es imposible llamarlo cuerdo. Si don Quijote es cuerdo somos nosotros los locos, o sea, los microscópicamente ínfimos. Lo más propio será decir que don Quijote padece quijotismo, contribuyendo así a la teoría de que es, por su esencia, único. Y esto significa briosa personalidad, grandeza íntima. En balde le digáis a uno que no conoce las manzanas que la manzana es una manzana. Sí podemos decir, en cambio, que don Quijote es quijotismo y nada más que quijotismo. ¿Y qué es el quijotismo?, se nos preguntará. Hay que responder a éstos que es una cosa a la que se llama locura porque no se sabe lo que es.

Y es necesario preguntarse: Si don Quijote padece locura vulgar, esto es, tontería o bobería, ¿para qué ensalzarlo, lisonjearlo y hacerle caso? Una vez asegurada su vulgar locura poco nos puede importar que sus acciones parezcan geniales. Debemos creer que son falsas, porque a los espíritus anormales -esto viene a ser lo que hoy se llama locura- les será siempre imposible la ejecución de lo que llamamos “obra genial”. Pero en el mundo predomina la gente mediocre, creadora del equívoco, pues no otra cosa que equívoco es, por ejemplo, decir que los poetas son un poco locos, que Napoleón padeció ciertos delirios también, que Lenin no pasaba de ser un visionario, también un poco loco, y hoy día vemos cómo a una de las normalidades más definidas, don Miguel de Unamuno, se le aplica el adjetivo de “chiflado”. Y lo más curioso es que los interesados en llamar un poco locos a los poetas, a Napoleón, a Lenin, a Unamuno y tantas otras grandes normalidades, son los que menos creen en la locura de éstos. Lo mismo sucede con don Quijote. Se le admira y a la vez se le compadece por loco. Pues, señores, si creéis que está loco de remate negadle, no le hagáis caso, y menos llaméis libro inmortal a la historia de sus hazañas. Pero no sucede esto. Sino que se le rodea de equívoco. Sus grandes hechos se barnizan con locura, o con tontería, o bobería, y éste es el medio de que no haga sombra su inmensa personalidad.

Nosotros también en este libro llamaremos loco a don Quijote, pero ya se sabe qué concepto tenemos de esta locura.

En efecto, nuestro hidalgo, a tanto leer y reflexionar, se volvió loco. Sus horizontes se hicieron tan amplios que comprendieron el mundo todo, y entonces, ya dueño, muy dueño, de su gran personalidad, se le introdujeron en el ánimo deseos de hacer una especie de cruzada por la vida, de inspeccionar con más detenimiento aquellos lugares umbrosos, de los que no sabía sino eso: que en ellos reinaban las sombras.

Y madurando su proyecto, que él acariciaba como una idea magnífica, se dio a preparar toda clase de cachivaches necesarios: Primero, una protección, un amparo, y no vaciló en cobijarse bajo las alas del Gran Espíritu. Segundo, un nombre, que comprendiera en sí la significación de sus propósitos y el respeto debido a su alta alcurnia en la Aristocracia suprema. Después, otras cosas, fútiles, un buen caballo, armas y la brisa ortal que acariciara su primera salida. Por nombre eligió el de don Quijote de la Mancha; por buen caballo, a “Rocinante”; por armas, unas que habían sido de sus bisabuelos, “tomadas de orín y llenas de moho”.

Y como reunión, vértice o cúspide de todos estos preparativos, don Quijote se provee de un gran amor al empleo que va a dar a sus energías. Sabe que sin amor a una profesión, a un oficio, no pueden obtenerse los rendimientos máximos.

Y heme aquí a don Quijote en el campo, obligando a su locura a hacerse realidad tangible. Pero nuestro héroe no es un indisciplinado; posee muy poca cantidad de orgullo, aunque se crea en su oficio el más perfecto, valiente y esforzado de los que han existido hasta la fecha. Reconoce fuerzas superiores, y, sobre todo, sabe que para entrar en el ejercicio de su profesión necesita armarse caballero. Y esto lo ejecuta en un castillo que encuentra a las pocas horas de marcha en su descalabazado “Rocinante”. Este castillo no es tal castillo, sino venta. Pero en la realidad de don Quijote es castillo, y como tal lo hemos de aceptar, so pena de creer a nuestro héroe un pobre loco.

En este castillo, después de algunas incidencias, es armado caballero con todas las ceremonias propias del caso. Y hemos de aceptar estas ceremonias como una realidad quijotesca. Nada de risas ni de burlas. Don Quijote es ya caballero andante, y sale del castillo, o venta, dispuesto a llenar su nombre de laureles y a hacer que muchos mentecatos reconozcan la superioridad sobre toda otra cosa del Gran Espíritu. Este es uno de los motivos que impulsan a don Quijote a salir al campo: proclamar la superioridad del Gran Espíritu, hacer que no se desconozca esa superioridad.

Quizá, nuevo Sócrates, esté convencido de que las sombras que piensa disolver sean tales porque entre ellas no se tiene noticia de esa superioridad que él predica. El sueño más hermoso, ingenuote diríamos hoy, de Sócrates era que “no le parecía posible hacer el mal sino por desconocimiento del bien”. Este pobre Sócrates hubiera, sin duda, muerto de pena en esta sociedad de sabios, donde todo se conoce y donde, sin embargo, encontraría tantos defectos. Y don Quijote, al salir al campo, cree que una de las cosas más principales que debe hacer es que se conozca la superioridad del Gran Espíritu. Yo afirmo que don Quijote y Sócrates habrían entablado pláticas interesantísimas, y hubieran sido los mejores amigos del mundo. Don Quijote le lleva a Sócrates la ventaja de unos cuantos siglos. Estos siglos hacen que don Quijote conozca mejor a los hombres, y salga al campo con armas ofensivas.

Ya tenemos a don Quijote armado caballero. Ya puede ejercer sobre los ámbitos la presión necesaria de su brazo fuerte. Ya su cabeza fulge como la del Hombre Único.


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